Mi rincón ^^
Este primero ganó un concurso literario en mi instituto, hace poco. Es un tanto raro (o eso me parece a mí XD). Espero sinceramente que os guste.
¡Saludos!
Los miro desde la cabecera de la mesa y veo su verdadera esencia. El mal, la ambición, el secreto. Eso es lo que se espera de ellos… De nosotros. Somos criminales, ¿no? Nuestro juego se basa en esas tres simples reglas. En ellas se adivina, tácita, una cuarta: nunca reveles tu identidad, ni siquiera a tus compañeros de fechorías. Nunca se sabe quién puede clavarte un puñal por la espalda… Por eso actuamos con alias, al menos, en mi grupo.
El mío es Odín. Cuando entré en el tumultuoso mundo de los asesinos y estafadores, mi superior me obligó a escoger un apodo que me resguardase tanto de la policía como de los malhechores que iban a trabajar conmigo.
― Así funcionan las cosas aquí, chaval ― explicó palmeándome la espalda. Y, desde entonces, mi alias se convirtió en mi escudo. Si me buscasen, mi identidad estaría a salvo.
Y por eso estoy aquí, porque nadie ha sido capaz de atraparme. Tras esa máscara de abogado justo y diligente que ofrezco al mundo se esconde un estafador, un ladrón. Qué contradicción… Precisamente, uno de sus perseguidores se ha unido a ellos. Al bando ganador, desde mi punto de vista. Supongo que las otras tres personas que comparten mesa conmigo y respiran el aire cargado de este antro tienen también una segunda vida. Excepto, quizás, Tánatos.
Tánatos es el jefe. Podría decirse que se trata de la única ley que estamos obligados a obedecer. Su mirada astuta nos escruta, desafiante, como si sus pupilas nos recordasen que nuestras vidas están en sus manos, que son un juguete con el que podría divertirse si las cosas no salen como él quiere. Lo odio, pero a veces también lo admiro: su calma, su inteligencia, la sangre fría con la que siempre actúa. Aunque tenerlo ahora enfrente de mí me inquieta y me sobrecoge profundamente.
A mi izquierda, Zálata juguetea con su reloj de pulsera, uno de marca, muy caro, que se ha ganado con su trabajo. Su sonrisa infantil destila calidez y amabilidad. No es un mal tipo, dentro de lo que cabe. Creo que es la única persona en la que realmente confío desde que me uní a Tánatos y los suyos, y supongo que a él le sucede lo mismo. Somos como hermanos, casi inseparables, pero, por si acaso, aún no nos hemos revelado nuestros nombres verdaderos. Una pequeña precaución sin importancia. A pesar de que, por ahora, nos entendemos a la perfección, su carácter impetuoso e impredecible – como el del mar en una noche de tormenta – podría jugarle una mala pasada y volverlo contra mí. Quién sabe. El destino tiene sus caprichos.
Por último, a mi derecha se sienta una mujer a la que no reconozco. Esconde su mirada tras unas gafas de sol de diseño que le sirven de antifaz. Sus labios, pintados de un rojo brillante, dan caladas nerviosas a un cigarrillo a punto de consumirse. De vez en cuando sacude su melena rubia, tan rubia que parece blanca. Supongo que pensará que ese gesto le otorga una elegancia que no posee. Eso, y también el sugerente vestido negro que lleva puesto. Aunque me parece ridícula, debo admitir que es bastante guapa. Me pregunto si su otra vida, la que lleva fuera de este cuarto tan cargado, será agradable o peligrosa, como esta.
― Bueno… ― empieza la mujer, exhalando volutas de humo que me hacen toser ligeramente. ― ¿Se puede saber, querido Tánatos, por qué nos has traído aquí? No es que odie la decoración, ni la luz, ni el olor del aire… ―añade con una ironía palpable, ―… es sólo por preguntar.
Nuestro jefe le regala una sonrisa zorruna.
― En vista de que ninguno de vosotros quería repartir el dinero a partes iguales, se me ha ocurrido una idea genial para solucionar nuestro problema.
En sus ojos oscuros se adivina un pequeño brillo de ambición. Sin embargo, ni sus gestos ni su tono de voz revelan su avaricia, sus deseos de quedarse el botín sólo para él. Qué gran actor. Y decidió dedicarse a robar y extorsionar cuando habría podido ganarse la vida en el teatro o en el cine.
― Otra pregunta, “querido Tánatos” ― prosigue el bueno de Zálata, imitando a la mujer sin conseguirlo. ― ¿Por qué está ella aquí? Aparte de para alegrarnos la vista, claro ― termina, dedicándole un sonrisa pícara. Las palabras de mi amigo, que nunca sabe cuándo debe callarse, enfurecen a la chica, que aprieta los labios. No obstante, pronto se recupera y, tras dar una última calada al pitillo, lo espachurra contra la mano de Zálata.
― ¡Ah! ― grita. ― ¡Quema, quema!
― Venga, Zálata ― me río yo. ― Deja de comportarte como una chica.
La mujer me mira. Me parece que sus ojos llamean furiosos tras los cristales oscuros de sus gafas. No sé cómo lo hace, pero su ira me intimida y le pido perdón ejecutando un rápido gesto de disculpa. Ella esboza una sonrisa satisfecha y se arrellana como puede en su incómoda silla.
― Para tu información, gordo seboso ― le espeta a Zálata con un tono de voz altivo y duro, ― yo incubé el plan y yo le di forma. Lo único que hicisteis vosotros fue llevarlo a cabo… Bastante bien, he de admitir, aunque tuvisteis un par de fallos sin importancia ― se interrumpe un momento para encender un nuevo cigarrillo. Le da un par de caladas, cruza las piernas con gracia y prosigue. ― Podéis llamarme Leda, pero sólo si tenéis algo importante que decir. Si no, ahorrad saliva. Será lo mejor.
Acto seguido, sacude su melena plateada. Todos sus gestos parecen querer decirnos que es una mujer de armas tomar, que no se va a dejar pisotear… Y que piensa obtener la mayor cantidad de dinero posible.
Zálata la contempla dolido, con la mirada gacha. Si hay algo que odie con todas sus fuerzas es que saquen a relucir que podría estar mucho más en forma. Enrojece ligeramente e inclina la cabeza, como si desease mostrar respeto hacia Leda, y enmudece. Nunca nadie había sido capaz de callar su lengua mordaz… Aunque, claro, jamás se había encontrado con alguien más burlón que él.
Tánatos nos mira. Un profundo aburrimiento se refleja en su rostro cetrino, surcado por largas cicatrices que le confieren un aspecto siniestro, a la par que grotesco. Heridas del pasado, ascensos y respeto en el presente. En este momento me recuerda a un títere polvoriento que su dueño ha abandonado en un rincón. Eso sí, mucho más mortífero.
― ¿Habéis terminado ya? ― pregunta un rato después con su voz cascada de criminal. Sus palabras rezuman furia encubierta por autocontrol y voluntad. Detesta no ser el centro de atención, detesta que no le escuchemos. Ese es su mayor defecto: su ego. La sensación de que vale más que todos nosotros juntos.
― Sí, Tánatos ― responde Leda, triunfante.
― Muy bien ― concede él.
Me siento nervioso. Hay algo en el ambiente, un no sé qué aciago, que augura acontecimientos terribles. Esa sensación de que las piezas del rompecabezas no acaban de encajar me agobia. Mi frente está perlada de sudor frío, fruto de la incertidumbre, del miedo, de la maldad que emana de la oscura mirada de mi jefe. Trago saliva y cabeceo, invitándolo a que termine de una vez con el reparto del botín recaudado.
― Como os anuncié antes, ninguno de vosotros quiere repartir el dinero ― dice con una suavidad mortal que suele preceder a la muerte. Leda exhala un fuerte suspiro, como afirmando que ella merece más billetes que sus compañeros por haber tramado las argucias y engaños que han engrosado las arcas de la banda. ― Por ello, y como os comportáis de una manera tan infantil, vamos a jugar.
Un escalofrío recorre mi espina dorsal. Todo suena a película de terror, y eso no me gusta.
― ¡Por favor, Tánatos! ― rezonga Leda. Zálata frunce el ceño, suspicaz, pero prefiere seguir mudo.
― No somos niños ― la apoyo.
Nuestro jefe nos dedica una taimada sonrisa que le hace parecer un zorro hambriento y ansioso que vigila de cerca a sus presas.
― No seáis idiotas. No se trata de un juego normal ― se burla. Saca una pistola de su cartuchera y la deja sobre la mesa con cuidado, como si fuese una dama delicada a la que cortejar. ― ¿Os suena la ruleta rusa?
Zálata abre mucho los ojos, Leda ahoga un grito de asombro y yo confirmo mis sospechas. Nunca te puedes fiar de un malhechor, y menos si es como Tánatos.
― Pero… pero… ― musita mi amigo sin creerse lo que está oyendo.
― Tranquilo, gordito ― ríe. ― He cambiado las normas de forma que, al final, sólo quede uno.
Le exijo una explicación en silencio.
― Las reglas son estas: dentro de esta pistola hay tres balas. Nos la pasaremos por turnos, nos la pondremos en la sien… Y apretaremos el gatillo. Tres de nosotros recibirán a la muerte con los brazos abiertos. El último se llevará el dinero. Espero que no se os ocurra ignorar mis indicaciones. Confío en vosotros.
Sobreviene un silencio incómodo. Ninguno sabe qué decir. Ni siquiera encontramos en nuestro interior las fuerzas suficientes como para replicar y discutir, y procurar salvar nuestras vidas explicando que su método no es ortodoxo, ni tampoco justo. Aunque, ¿cómo vamos a hablar de justicia si no la respetamos?
En lugar de eso, Zálata, haciendo acopio de la poca valentía que le queda, murmura mirando a Leda:
― Las damas primero.
― ¿Qué? ― exclama la mujer, dejando caer su cigarrillo.
― Las damas primero ― repite Tánatos. Le ofrece la pistola con una de sus aviesas sonrisas, aguardando. Leda, por lo visto, sabe que nuestro jefe no se caracteriza precisamente por su paciencia, así que agarra el arma con manos temblorosas. Su osadía ha desaparecido por arte de magia, y ahora únicamente la respalda la caprichosa fortuna. Puede que sea ella la elegida, puede que no. Le quita el seguro. La duda la consume, la inseguridad la debilita. Aún titubea cuando coloca el cañón en su sien. Sus labios, un poco desteñidos, tiemblan, susurrando una última plegaria en la que pone sus esperanzas. Y, por fin, dispara.
La orgullosa Leda se desploma sobre la mesa. Sus cabellos rubios se tiñen de rojo. Pronto la sangre alcanza su vestido y se desliza hacia el suelo como una serpiente macabra. Tan sólo se escucha un tenue goteo que pone la carne de gallina.
― Ha caído una ― anuncia Tánatos, haciendo su papel de heraldo de la desgracia.
La mano de la mujer ha quedado abierta enfrente de Zálata. Parece que Leda ha escogido al siguiente tras su muerte.
― Vamos, amigo. Te toca ― le digo. Procuro que mis palabras no suenen ni fúnebres ni oscuras, pero no lo consigo. Le palmeo la espalda, confortándolo, y noto que el miedo, antiguo inquilino del cuerpo de nuestra compañera, se ha mudado a su corazón. Me da pena, mucha pena, pero no puedo hacer nada para evitar que participe en el juego maldito de Tánatos. Él asiente, cierra los ojos, traga saliva. Es la viva imagen de la desesperación, el retrato de quien tiene la certeza de que lo ha perdido todo y no le queda nada.
Mira su reloj, controlando los pocos segundos que va a vivir y agarra la pistola con brusquedad.
― Adiós, Odín ― se despide. Las lágrimas luchan por salir de sus ojos, pero se contiene para morir con valor y entereza, como un héroe. Entonces, pone el arma en su sien y aprieta el gatillo.
Cae, laxo, inerte. Lo miro, compasivo, y sus ojos apagados me devuelven la mirada. Aún se distingue en ellos un atisbo de pánico.
Le cierro los párpados por si acaso existe un más allá.
― Descansa, Zálata ― deseo… Y me enfrento cara a cara con Tánatos.
― ¿Estás contento? ― le espeto. Tendría que haberme callado. La furia contenida habla por mí.
Mi jefe se encoge de hombros, indiferente.
― No lo sé… ¿Por qué? ¿Debería estarlo?
Proyecto mi odio contra él. Me encantaría reducirlo a cenizas con una mirada. Por desgracia, esas cosas sólo ocurren en las películas de ciencia ficción.
― Venga, Odín, no te retrases ― dice, aún calmado. ― Es tu turno.
Tengo un pálpito, una corazonada. Y precisamente esa ligera intuición se niega a creer que mis compañeros hayan perecido por azar. ¿Y si Tánatos lo ha planeado todo para salir victorioso?
«Mantente tranquilo», pienso. «No desveles tus sospechas».
― ¿y quién dice que yo soy el siguiente? ― replico, enfadado. Intento parecer seguro de mí mismo. Mi actuación da resultado. Mi jefe palidece levemente. Su soberbia y esta pérdida de color repentina se han convertido en sus delatores. Lo maldigo por lo bajo. ¡Esa asquerosa rata de cloaca me ha arrebatado a mi mejor amigo por codicia!
― Bueno… Podemos echarlo a suertes ― propone, recuperando la compostura. Asiento con la cabeza, un poco más contento, y saco una moneda del bolsillo del pantalón. A lo mejor las cosas cambian para ti, querido Tánatos…
― Elige ― ordeno con firmeza. No puedo permitirme vacilar ni un segundo. Mi vida aún está en sus manos.
Su sonrisa cínica ha vuelto a su rostro. Tras pensárselo un poco, escoge cruz, como de costumbre. El muy imbécil cree que le trae suerte…
«Ya veremos», me digo.
― Muy bien. Entonces, que la cara me sea propicia. Si sale cruz, te libras. Si ocurre lo contrario, te toca ― añado, y lanzo la moneda al aire. Da un par de vueltas antes de caer en la mano inerte de Leda, cubierta de restos de sangre seca, y desvelar su designio…
Cara. Mi salvación.
Tánatos se levanta, sobresaltado, y retrocede un par de pasos.
― Recuerda que tienes que atenerte a las normas. Confío en ti ― sentencio, lúgubre. Lo fulmino con la mirada y le tiendo la pistola. Verlo así, tan asustado, me hace sentir una euforia que nunca antes había experimentado. Irradio victoria.
― La suerte me ha salvado ― me regodeo con crueldad. ― Veamos si eres tú el afortunado que se quedará con el dinero.
Sé que no es así. Su actitud ha desvelado que el juego de la ruleta se trata de un maléfico plan urdido para acabar con nosotros. Sin embargo, voy a llevar a cabo la fría venganza que Zálata me ruega incluso después de muerto. Y, por si fuera poco, el botín es mío.
Tánatos acepta su destino con resignación. No le queda otra. Me arranca el arma de las manos y, rápidamente, sin detenerse a meditar sobre su fin inminente, imita a Leda y Zálata. El cañón, en su sien, un disparo… Y se desploma como un castillo de naipes a mis pies.
Suelto una carcajada triunfante. He salido invicto de su intrincada red de mentiras, he sido capaz de sortear la adversidad. Mi inteligencia ha superado a la suya.
― ¿De veras pensabas que iba a caer en tu trampa? ― le espeto al cadáver de mi jefe. El horror se adivina en su rostro sin vida. Ha perdido su inquietante sonrisa de superioridad, que ha viajado con él al otro barrio como un equipaje de mano, y un grito mudo no ha logrado salir de sus labios, atrapado para siempre entre este mundo y el más allá.
Entre tantos cuerpos me siento como un auténtico dios de la muerte, y todavía poseo fuerzas para continuar con mis burlas.
― Algunos también tenemos trucos ― susurro, enseñándole la moneda que lo ha condenado. Dos caras. No hay cruz. Una falacia más dentro de la maraña de engaños que Tánatos empezó a tejer y yo acabo de terminar.
Antes de largarme con el dinero, decido humillarlo una vez más. Le quito la pistola y me la pongo en la sien. Quiero demostrarle que me he librado del sueño eterno y que, ahora que he ganado, nada ni nadie va a detenerme.
― Mira, amigo mío ― digo con sorna. ― Mira a quién no le ha tocado ninguna bala.
Disparo, confiado. Para mi sorpresa, un hilo de sangre me recorre la mejilla. Me llevo la mano a la sien. Una herida. ¡Maldición!
Caigo de rodillas. Todavía no consigo asimilar que haya vencido, a su manera. Lo contemplo con una mezcla de odio y respeto.
«Te conozco mejor de lo que crees», me dijo en cierta ocasión. Ahora tengo la certeza de que no mentía. Si las cosas le salían mal, sabía que mi orgullo iba a jugarme una mala pasada.
― Así que era eso ¿no? ― musito. Me cuesta trabajo hablar. ― O para ti, o para nadie.
Los oscuros ojos de Tánatos parecen relucir a modo de respuesta, pero quizás ese débil fulgor es un delirio previo a la muerte. Previo al eterno viaje sin regreso…
No tengo tiempo para pensar mucho más. Las tinieblas velan mi mirada. Me desmorono como un edificio en ruinas y quedo tumbado al lado del hombre que me ha vencido mediante un pánico fingido y un plan perfecto.
La suerte no ha querido sonreírme.
Y, esta vez, ni mi alias ha sido capaz de protegerme de la desgracia.
PD: Acepto correcciones y sugerencias. ^^






